Crónica de viaje
Le doy arranque al auto para emprender el viaje, pero antes de salir de Rosario hacia el pueblo de Carmen, donde pasaré todo el sábado y domingo en casa de mis suegros, mi sentencia ya estaba firmada y mi destino sellado.
Los motivos eran más que atendibles: mi esposa viviría dedicada a sus padres muy mayores y enfermos, mientras yo me ocuparía de entretener a nuestra hija, sacándola del encierro con aire a sanatorio que proponía la casa y llevarla a andar en bicicleta.
Annette, así se llama mi hija, a pesar de sus diez años aún no aprobó la materia “bicicleta”, y estimo que ello se debe, en parte, a que a su falta de destreza se puede sumar mi falta de apoyo. Tengo muchos motivos que podrían exculparme pero ninguno es tan categórico como el pésimo estado de mi rodilla derecha, y así lo demuestra cada incursión al circuito ciclístico rosarino, que comenzando en Boulevard Oroño pasando por los Silos Davis y terminando en el Barquito de Papel, al momento del regreso a casa, debo traer siempre cargada sobre mis hombros no a Annette, no a la bicicleta, sí a mi rodilla derecha.
Llegando al lugar del cumplimiento efectivo de mi sentencia, un pueblito fundado en el año 1895, que en los últimos 20 años, de acuerdo a lo que mandan los censos, perdió casi el 20% de su población, la que actualmente asciende a tan sólo 1800 habitantes, veo un cartel al cual nunca antes le había prestado atención. Dice: “Bienvenidos a Carmen, un lugar para vivir”.
El fin de semana transcurría y, atrapantes salvadores juegos olímpicos mediante, llegué a pensar que, tal vez, en mi destino estaba la absolución de la pena, pero me equivoqué. Luego del almuerzo, en pleno horario de la siesta, me encontraba solo y muy atento al señor televisor, cuando aparece Annette quien sumamente respetuosa, tanto de mis derechos como de los suyos, con su voz dulce y tierna pero con tono de aseveración me dice: “papi, ¿vamos a andar ahora en bici, no?”. No, no le pude decir que no.
Me dirigí hasta el galponcito, en realidad una habitación depósito que está en el fondo del patio pero que me sale llamarla galponcito, con inflador en mano y para mi sorpresa, no me encontré con una bicicleta sino con dos.
Lucía, la prima dos años mayor que Annette, se había comprado una de rodado más grande y la guardó allí. Bueno, me dije al inflarla, al menos ahora correré a su lado menos agachado al ser esta bicicleta más alta. Cuando terminé de inflar la bicicleta nueva, un misterioso impulso me llevó a inflar la otra más chica también, y ya concluida mi labor, supe que volcaría las próximas horas de mi vida a la experiencia de andar en bicicleta junto a mi hija en el desértico pueblo, en su más desértica hora.
Otra jugada del destino hizo que, una vez más, esa firme vocecita, me condujera hacia un único lugar posible: la plaza del pueblo.
Cuatro cuadras hice para llegar hasta allí. Cuatro cuadras que sirvieron para tomar confianza mutua con nuestras bicicletas y sentir que ante el rodar de ellas, todo un pueblo estaba rendido a nuestros pies.
Aunque no había nadie, no pude abstraerme a la preocupación de que no hubiera autos circulando, típico reflejo citadino.
Camino a la plaza observaba las casas, todas lucían ordenadas y limpias, algunas de ladrillos de color rojo ladrillo (¿porqué ahora los ladrillos son de color naranja?) y altos techos con puertas también altas, y ventanas angostas con postigos oxidados; otras con diseño y estilo de los años sesenta, un poco más retiradas con un pequeño jardín al frente al que se ingresa por una puertita de rejas. El pasado era tan contundente en el presente, que me pareció imposible pensar que hubiera gente viviendo allí, me sentí paseando entre casas muertas, hasta que, de pronto, me sorprendió un chalet con su modernidad. Una nueva generación de chacarero se quedó en el pueblo, pensé, y en eso estaba cuando me capturó la plaza con su verdor.
Era un oasis en medio del desierto. Veredas anchísimas en todo su perímetro y otras que la cruzaban de lado a lado desde cada vértice o desde mitad de cuadra, encontrándose en el centro exacto de la plaza en donde se erigía un gran mástil en cuya base pude observar distintas placas de bronce de la comuna homenajeando a nuestro Gral. San Martín.
Pero San Martín no estaba solo, junto a él encontré también rastros de vida carmelense. Había una pareja de noviecitos con su mate y bizcochitos, y en un banco cercano una mamá conversando tal vez con su hermana, y a unos metros nomás, seguramente su hija y cuatro amigas, todas de unos 13 años haciendo entre ella pases de vóley con una pelota. De pronto, me sentí un espectador en una sala oscura de teatro, al que le habían encendido las luces y me sorprende un telón ya levantado, mostrándome a los actores dispuestos a darle vida a la obra.
Y esa vitalidad se apoderó de mí, no tanto de mi hija que la tiene por naturaleza, posibilitando que a ese escenario, se sumaran dos personajes nuevos.
Al pasar rodando por la cuadra frente al asilo de ancianos, veo en la mitad de la calle a un ramillete de cuatro personas que evidentemente salían del asilo e iban derechito al banco de la plaza que está enfrente. Nuestro recorrido tipo rally ya tenía asegurado cuatro casi inmóviles espectadores.
Aunque tener espectadores es una sensación agradable, tratándose de una competición de aficionados, agradecí que ése no sea el día en que el cura “sanador” de la iglesia que está frente a la plaza, como enfrentando al asilo, diera misa, porque ahí sí que el circuito se iba a tornar difícil con la inmensa cantidad de gente que congrega de todas partes ese cura y con tantos colectivos rodeando a la plaza.
Después de unas vueltas de reconocimiento, me metí de lleno en la competencia, que no era otra que ver cuál de los dos lograba realizar el recorrido más divertido. Mientras más andaba más tiempo me regalaba el tiempo para observar los árboles, las plantas y las flores, mientras más pedaleaba menos recordaba a mi rodilla y más sentía la presencia del sol, el momento se presentaba intenso de placer cuando lo inesperado sucedió: Annette se cayó y no sólo se raspó la rodilla sino que además se le rompió su pantalón nuevo que tan feliz la tenía desde hace una semana. Las lágrimas extrañamente vaciaron el oasis y la comedia le dio paso a la tragedia, ¿todo junto también cabía en la plaza? Fue en ese momento cuando creí comprender qué lleva a los pueblitos a nacer alrededor de una plaza.
Tomé la carita húmeda de Annette entre mis manos, la miré fundiéndonos en una sola mirada, y le dije: “Mi amor, este día es un día inolvidable por lo hermoso que nos pasó. Vas a ser viejita y lo vas a recordar. Hoy, vos y yo, anduvimos por primera vez juntos en bicicleta. Y cada vez que lo recuerdes, desearás tener otro pantalón para romper”.
Cuando Annette comenzó a desplegar las variadas soluciones que podría tener la rotura de su pantalón, emprendí el regreso a la casa de mis suegros, pero esta vez la cosa fue al revés y el que traía cargada sobre sus hombros a la rodilla no era yo. No fue lo único que cambió. Aunque las casas seguían ofreciéndose ordenadas y limpias; las calles prisioneras por el desierto y el sol; yo no era el mismo después de aquella tarde a la hora de la siesta en la plaza de Carmen. Y recordé el cartel: “Bienvenidos a Carmen, un lugar para vivir”.
Javier Montú

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